jueves, 14 de enero de 2010

MUERTE A LOS IMBÉCILES. (ASOCIACION CONTRA LA IGNORANCIA)


Es una pregunta complicada para el demócrata que mientras come tranquilamente se ve frente a acontecimientos
y cosas que se suceden a un ritmo vertiginoso y caótico, un tumulto sin conexión aparente con indicaciones
distorsionadas laberínticamente y un futuro que hay que alcanzar a través de la sumisión, el aburrimiento y la
estupidez. Desde hace más de setenta años se perfila entre las masas de los países altamente industrializados la
tendencia a abandonarse en manos de toda clase de especialistas en lugar de perseguir intereses racionales y,
ante todo, el control de sus propias vidas. Por lo visto, las personas esperan que el mundo sin salida sea
incendiado por una totalidad que son ellos mismos y sobre la cual nada pueden. A pesar de que los distintos indicadores económicos, los resultados de la bolsa, los agentes financieros, los
responsables políticos y hasta el vecino de la izquierda quieran negarlo, no nos cabe duda de que
verdaderamente sobrevivimos en una sociedad desgraciada: las exigencias de felicidad son invariablemente
defraudadas por la vida real hasta la muerte. ¿Qué es lo que queda de nuestros sueños? La barca del amor se
rompe contra la vida cotidiana. En las gélidas aguas del cálculo egoísta la poesía se ve desmentida día tras día
por eso que llaman vida.
Mientras las formas burguesas de existencia son conservadas con obstinación, su supuesto económico se ha
derrumbado. La cantidad de bienes de consumo ha llegado a ser tan grande que ningún individuo tiene ya
derecho a aferrarse al principio de su limitación; el trabajo es sólo un peaje que los poderosos nos obligan a pagar
para vivir maldiciendo nuestra suerte. El mundo al que pertenecemos no propone sino la miseria. Un mundo que no puede ser amado hasta la muerte representa solamente el interés del beneficio y la obligación del trabajo, y de
nada sirve estar vivo mientras estás trabajando. Las ventajas de la civilización quedan compensadas por la forma
en que las personas se aprovechan de ellas; y se aprovechan de ellas para convertirse en los seres más viles que
hayan podido existir. El demócrata no está loco, quiere vivir hasta el último céntimo... ¿Qué es un demócrata? Un
ser corrompido por la mediocridad y el miedo, que sólo se convierte en humano cuando le persigue la muerte, que
sólo sabe expresar sus deseos primitivos de una forma primitiva cuando la muerte le tira de la manga; un imbécil.
El demócrata no piensa, opina. Lo que debería ser abolido sigue existiendo con la complacencia general, y
nosotros nos consumimos con ello. El hecho de soportar pasivamente las alienaciones y miserias convierte a las
personas en poco interesantes. Si la rebeldía no es lo más fuerte que sienten no nos interesan. Aquí se están
representando dramas, señores demócratas; nos encontramos en una situación homérica y ustedes preocupados
por la ETA y el fútbol. Les vamos a revelar el secreto que sus amos tan celosamente les ocultan: ustedes ya se
están pudriendo, y el incendio ya ha estallado.

LA CONTESTACION
Ya se ha convertido en un acto tan burgués como la democracia. La burguesía utiliza la contestación como medio
de renovación de su propia decadencia programada. ¿Qué es un izquierdista? Un imbécil que convoca ruedas de
prensa para denunciar montajes mediático-policiales; un consumidor insatisfecho de las mercancías siempre
deterioradas que se le ofrecen, desde el urbanismo a la ideología, pasando por el trabajo o la comunicación, que
el desearía poder reformar según su dudoso gusto (pues no puede tener gusto quien carece de experiencia; no
puede tener experiencia quien esta falto de memoria, y, finalmente, no puede en absoluto tener memoria quién
nunca ha tenido conciencia histórica); un chiflado que se dedica en sus locales a cultivar mitos como “contrainformación”
o “anti-globalización” mientras redacta febrilmente mentirosos periódicos en los que expone sus
oscuras construcciones ideológicas con llamamientos a “la humanidad”, “la opinión pública”, “el obrero social” y
otras personalidades imaginarias. Un tipo que delira con “antagonismos”, “líneas políticas” y “principios, tácticas y
finalidades” sin tener el valor de admitir sus vilezas. Revolución siempre ha sido violencia, profanación, orgía,
verdad -la verdad siempre es una forma de violencia-... ¡Eso es! Revolución es sacrificio, dice el izquierdista.
Seguir militando aunque la inteligencia se vaya al carajo. Ya hace tiempo que se ha ido allí; nunca ha estado entre
ellos.
Al público le interesan los que van de raros: realmente magnífico. Al izquierdista le viene la anti-globalización
como anillo al dedo en cuanto comprende de qué se trata el asunto. Ha descubierto su misión en la humanidad y
trata por todos los medios de cumplirla. Hasta entonces tenía que conformarse con hacer el ridículo y que la gente
le tomase por idiota, lo cual le representaba poco beneficio y encima no satisfacía su ansia pequeño burguesa de
poder y fama.
En la era del analfabetismo funcional, como eufemísticamente denominan los detentadores del poder de
comunicación al embrutecimiento planificado y generalizado, el izquierdista asume orgullosamente toda la
inmundicia que la cultura capitalista ha depositado en el individuo: la pseudo-erudición, la indolencia, la credulidad
mostrenca, la tolerancia y la ordinariez. Un vistazo a cualquiera de sus medios de “contra-información” basta para
comprobarlo.
El izquierdista simpatiza con la violencia jerarquizada cuando ésta se desarrolla en escenarios tropicales a los que
ir de vacaciones no gubernamentales como quien va de safari fotográfico, pero la mentira izquierdista palidece
ante la violencia proletaria aquí y ahora, la denuncia e incluso insinúa que los “violentos” están al servicio de los
poderes existentes. En su indecible temor, no puede y no quiere ver más que lo que ella misma es.
Estos centauros de bufón y negociante complacen a aquella parte del público que equipara revolución con
infantilismo y tontería. La mayor necedad del pseudos-pensamiento izquierdista reside en la sobreestimación
extravagante de lo conocido respecto a lo aún por conocer. Aunque los izquierdistas crean lo contrario, las leyes
sociales no son invencibles; las costumbres que hay que atacar de frente deben dejar paso a una renovación
incesante; y el primer bienestar que deseamos es la aniquilación de este tipo de ideas, y de las moscas que las
propagan. Devolvamos a esta gente al basurero de la Historia.
SOMOS CODICIOSOS
Pero no somos poseedores. Vivir es una alegría. Queremos reír, luchar, jugar, gozar y hacer lo que nos manden
los instintos. Es preciso evitar el aburrimiento y vivir solamente de aquello que nos fascina. Ya es tiempo de
abandonar el mundo de los civilizados y su luz radioactiva. Es demasiado tarde para intentar ser civilizados y
cultos -pretensiones que nos han abocado a una vida carente de interés. No queremos diálogo, paciencia, buen
rollo, detestamos el consumo de rechazo sub-intelectual, no temblamos ante el capital. Es preciso hacerse fuerte e
inquebrantable para que la existencia del mundo de la mercancía parezca por fin incierta; hemos de
transformarnos en otros, o dejar de ser. Queremos cantidades de fantasía que ninguna película nos puede ofrecer, emociones que ninguna droga nos
puede proporcionar. Queremos crear todo por nosotros mismos -nuestro nuevo mundo. Sufrir es una debilidad que
puede evitarse haciendo algo mejor. Dejemos que los demás se lamenten de la maldad de su época. Nosotros la
destruiremos por su mezquindad; carece de pasión: la vida se resuelve en un sólo color. ¿Qué es un
revolucionario? Aquella persona que ha comprendido completamente que sólo se podrán tener ideas si son
realizables: un tipo claramente activo qué sólo vive a través de la acción, porque solamente ésta encierra la
posibilidad de conocimiento.
No somos otra cosa que la expresión del tiempo de una época a la que, además de negar, se debe insultar.
Estamos en contra de cualquier sedimentación. Descartamos en principio las medidas terroristas, pero llegado el
caso nos servimos de ellas como estímulo vital, siguiendo el principio de l’art pour l’art. Queremos que los dueños
del mundo aúllen, y no existen medios que llegado el caso no seamos capaces de emplear.
De lo que se trata en realidad ahora, como antes, es de destruir al padre, al patrón y a la patria, y no de quejarse o
lamentarse por este u otro exceso; no hemos venido para hacer retórica de la revolución, sino para llevarla a cabo;
no hacemos demagogia con la represión, vamos a acabar con ella. Llegados al punto en que toda comunicación
se vuelve trivial la tarea de la organización revolucionaria debe ser la reconstrucción de su base material, lo que
en la práctica significa la desaparición de las clases y el Estado. No utilizamos el lenguaje del poder, no nos
interesa que nos entienda; no se trata de dialogar con él, sino de dinamitarlo. Existen tres clases de infamia sobre
la tierra que la teoría y la práctica revolucionaria deben combatir: la primera es la dictadura económico-estatal; la
segunda, no combatirla con todos los medios; la tercera, deponer las armas si existen en algún lugar un amo y un
esclavo. “Transformemos el mundo” dijo Marx; “cambiemos la vida” dijo Rimbaud. Para nosotros estas dos
consignas se funden en una.
Nos dirigimos a todos los que, por todos los medios y sin reservas, estén resueltos a derribar la autoridad
capitalista y sus instituciones; a quienes no aceptan la carrera hacia el abismo de una sociedad sin cerebro y sin
ojos; a todos los que no aceptan ser conducidos por lacayos y esclavos; a aquellos que se niegan a dejar escapar
cobardemente la riqueza material debida a la colectividad y la exaltación moral sin las cuales no será restituida la
vida a la verdadera libertad; a aquellos que no bajan la cabeza ante nada; nos dirigimos a su instinto de libertad, a
su violencia: sin ninguna reserva, la próxima revolución debe ser totalmente agresiva, no puede ser más
completamente agresiva. Somos conscientes de que las condiciones actuales de la lucha exigirán de quienes
estén resueltos a destruir el poder una violencia imperativa que no ceda a ninguna otra, por grande que sea
nuestra aversión a las diversas formas de autoridad social, no retrocederemos ante esa ineludible necesidad, así
como tampoco lo haremos ante todas las que nos puedan ser impuestas por las consecuencias de la acción que
emprendemos. Conocemos nuestro destino. Alguna vez se asociará nuestro nombre al recuerdo de algo
tremendo: el recuerdo de una crisis como no ha habido jamás otra en la tierra, de la más honda colisión de
conciencias, de una condena de todo lo que hasta ahora se había creído, postulado, santificado. Esto no es una
revista: es dinamita.
La exactitud favorece siempre a la belleza, y el pensamiento exacto al sentimiento delicado: somos hermosos
porque nuestra ira anuncia una explosión de inteligencia.

lunes, 11 de enero de 2010

ROBERTO SANCHES NOT FUCKING DEAD!

...

]También quiero decirte algo más.
Qué grande es la diferencia entre la esperanza y la expectación. Al principio creía que tenía que ver con el tiempo, que la esperanza era aguardar algo más lejano. Me equivocaba. La expectación pertenece al cuerpo, mientras que la esperanza es del alma. Esa es la diferencia. Las dos conversan, se animan o se consuelan, pero sueñan cosas distintas. Y he aprendido algo más. La expectación del cuerpo puede durar tanto como cualquier esperanza.
Como la del mío, pensando en el tuyo. Expectante.

[John Berger]